En la Inspectoría del Trabajo de Valencia, los usuarios comienzan a llegar a las cuatro (a veces a las tres) de la mañana. Dicen que es porque sólo reparten diez o veinte números al día, no me queda muy claro. También dicen que, ahora, con el régimen, uno tiene que hacer cola para todo. Lo cierto, me parece a mí, es que las colas forman parte inseparable de la cultura del venezolano.
A un par de cuadras de mi casa queda un centro comercial de los viejos, donde hay un puesto de empanadas. Cada domingo por la mañana, se hacen unas colas interminables (de hasta treinta personas las he visto) para comprar esas empanadas. La cosa más curiosa es que justo al lado, hay una panadería, donde también venden empanadas, pero no pasa eso de las colas. Una vez (un jueves, que no había nadie) me compré una de esas codiciadas empanadas, sólo para ver si es que traían marihuana o cuál era el misterio. No eran ni buenas. Las de la panadería tampoco.
Yo me pregunto si será simplemente una especie de llamado ritual que obliga a la gente a ponerse una detrás de otra sin tener ni siquiera una causa lógica. En la torre donde trabajo, como hay doce pisos, está el Seniat, y los ascensores siempre están malos, las colas para subir en el único ascensor que sirve son bastante largas. Una vez estaba yo como en el puesto treinta de la bendita cola (y ya iba tarde para el trabajo) cuando una señora se coloca en correcta formación detrás de mí. Pasaron cinco, diez, quince minutos, y ya estábamos por llegar al ascensor, cuando la señora me toca el hombro y me pregunta:
-¿Ésta es la cola para sacar el RIF?
Claro que, no puedo negarlo, aunque la cosa forme parte de nuestra identidad como venezolanos, también es cierto que ha empeorado en los últimos años. Basta pasar por delante de un supermercado que esté lleno
hasta reventar de gente -probablemente, sólo porque es quincena- para que la señora más cercana a usted le pregunte, señalando hacia las cajas:
-¿Será que llegó la leche?
Y la verá usted, sin tener tiempo de pronunciar palabra, sumergirse rauda y veloz en el torbellino de las compras.
A mí me cuesta sucumbir a esta debilidad. Cuando me fui a sacar el pasaporte, todos me dijeron que llegara a las seis de la mañana, porque las colas eran terribles. Llegué a las diez, ufana y sonriente, a ubicarme en mi lugar en la cola… a dos cuadras de la Onidex. Salí a la una y media de la tarde, pero lo confieso, por momentos me lamenté de no haber llegado más temprano que el primero de la cola, aunque estoy segura de que en sumatoria habrían sido más horas de espera. Lo cierto es que viví, en esa larga espera bajo el sol inclemente, un fenómeno que sólo se presenta en las colas para trámites ante organismos públicos. Un ciudadano vendrá armado con toda clase de papeles previamente preparados para el trámite que necesita realizar, pero inevitablemente le preguntará al que va delante:
- Para sacar el _________(inserte aquí el trámite correspondiente), ¿qué papeles hacen falta?
- Mira, tres fotocopias de la cédula, dos fotos carnet, la partida de nacimiento original, el certificado de defunción del perro, la carta de soltería, dos recibos de la luz con diferentes direcciones, una referencia personal firmada por tu suegra…
- Sí, todo eso lo tengo.
- Ah, claro, y la planilla 14532-A-512.
- ¿Y eso?
- Eso te lo vende aquella señora que está allá en la esquina con las empanadas y el termo de café, lo llenas ahí mismo, te cuesta cinco mil bolos…
Y el tipo va como pendejo a comprar una planilla que no era para el trámite que él iba a realizar, sino sólo para los extranjeros oriundos de Lituania cuyos padres han fallecido en el territorio nacional en un accidente aéreo causado por un avión manejado por un rottweiler borracho, pero claro, por lo menos el papel en cuestión le dará al ciudadano la satisfacción de respirar tranquilo, pensando que tiene todo en orden, hasta que llegue su turno en la cola.
Entonces se dará cuenta de que dejó la cédula en la casa.